En clase de Sociología

Dado que el Atlántida Film Fest y DocumentaMadrid han visibilizado y premiado el reciente filme de Guido Hendrikx, y Filmin se hace eco de ello, mi plan de ayer noche estuvo cubierto. Pero antes de ver la película, Un extraño en el paraíso, quise ojear qué galardones o nominaciones más obtuvo. Me sorprendió el True/False Film Festival de Columbia, por su nombre, que la había añadido a su Sección Oficial, y me pregunté si tal vez ese era el nombre que debía poseer a día de hoy un festival de cine documental. Gran parte de la crítica considera que el documental supera ya, con creces, los términos de verdad y falsedad y también los de realidad y ficción –debate ya insulso–. ¿Por qué no pasar a definir un festival de estas características con palabras que hicieran justicia, como podrían ser control y azar? La película que cito traspasa los límites de esa definición, porque la definición clásica por géneros ha envejecido peor que la Transición española. Hendrikx invita a la reflexión cuando se debe reflexionar. Se asemeja también al estilo delimitado con cortes entre planos al modo del Dogma 95, o el encuadre desde el escorzo, con Los idiotas de Von Trier como comparación posible. También por la estructura narrativa por actos. Pero la presente no pretende ser tanto un análisis estético del filme (del que, por cierto, me divertiría mucho más reflexionar e investigar), sino tratar de divisar los límites de capacitación de concienciación social que posee este largometraje documental.

Un extraño en el paraíso es de las mejores clases de Sociología a las que he asistido esta temporada. No es casual que el Atlántida Film Fest la escoja en su Sección Muros y Fronteras, bajo el lema del festival de este año, sacándole los colores a Europa. El cine documental se convierte, con este tipo de iniciativas, como uno de los agentes capitales del hervidero de ideas actual. En concreto, y tratando ya la película, lo bueno del profesor bipolar (Valentijn Dhaenens) es su capacidad para encender el fuego y de éste crear un incendio. El orador que interpreta Dhaenens educa para que sus alumnos inmigrantes tengan el afán por educarse, y eso no atañe más que a la proactividad del migrante. Con todo, el hecho de cambiar las cosas ya ha empezado para ellos, aunque solo en sus seres y no de forma colectiva en sus países. Al día siguiente, ¿qué pasa? ¿Muta Dhaenens, realmente, en un profesor de izquierdas? Dar cabida a los grandes temas, escupiéndolos a modo de cohete espacial, no solo perpetúa debates vigentes, sino que revive nuestro sentido crítico en torno a lo que nos incumbe. Ahí se encuentra el profesor excepcional –y no solo de Sociología– que nos despierta de tanto discurso barato.

El año pasado, en su visita al Museo Universidad de Navarra, el cineasta portugués Pedro Costa afirmaba que el cine documental es de izquierdas por doquier. Tal vez, no es necesario llegar hasta el fondo de la palabra izquierda, no en este caso. ¿Debe estar el documental por encima del vocabulario que se apaga –como izquierda y derecha– cada vez que surge una situación con la que ninguna de las dos posturas clásicas sabe lidiar? Probablemente, no se trate ya de concienciar a la marxista, sino de ver las oportunidades que ofrece el sistema hegemónico actual para estorbar lo suficiente y revertir la situación de los refugiados. Mientras la izquierda guay europea, atrapada en el despropósito (y a la que se hace referencia en la película), crea falsas expectativas a los ingenuos, el cine documental abre los ojos. Mientras la férrea derecha cierra fronteras a personas que no supondrían una amenaza para el Estado del bienestar (como también menciona el profesor bipolar), Extraños en el paraíso nos enseña sus rostros. Eso es, tal vez, cargarse los grandes argumentos de los pesos pesados europeos para entrar en un terreno que, aunque juega el partido del ensayo político, se aleja de lo que todos ya sabemos.

No es para nada novedosa la idea de crear nuevos lenguajes cinematográficos que cambien el mundo. Desde el documental ya nos encontramos con ejemplos como el del matrimonio Straub y Huillet, quien defendió en una entrevista publicada en 1971 en Les Lettres Françaises que no se puede utilizar el lenguaje de la publicidad para hacer películas contra el capitalismo. La práctica revolucionaria puede escapar de la Sociología, ya que ésta no se suele considerar ciencia prescriptiva, pero no así su definición ni análisis. Quizá tampoco es cuestión de caer en las pesquisas de Kracauer, donde el cine es el reflejo de la sociedad. Puede que tampoco de hacer ninguna revolución. Sin embargo, y parece que ahora más que nunca, el cine documental da en el clavo y es uno de los mejores medios para la concienciación y, quién sabe si también, de acción política.

Jesus Eguren

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